Para Carlos Saura, nadie es inocente


Ana y los lobos, película de Carlos Saura, empieza con una mujer cargando su maleta por un campo abierto hacia una casa aislada. Se revela que ella se llama Ana, y viene a trabajar como nana. En la casa, vive la matriarca de la familia, una mujer que sufre de problemas para caminar y convulsiones, con sus tres hijos. José, el más grande, encara con seriedad su papel de jefe de la familia, demostrando ser un hombre demasiado controlador. Su hermano Juan tiene una esposa y tres niñas, que a Ana le toca cuidar. Por último, Fernando, un hombre callado, que prefiere la solitud y la meditación.

De pronto, Ana percibe que está en un sitio raro. José va a verla cuanto llega y no le permite privacidad para deshacer su maleta, mirando sus libros y su pasaporte lleno de carimbos. Juan le asedia sexualmente, primero enviándole cartas anónimas, después agarrándola. Fernando pinta las paredes de una cueva de blanco, para después vivir en ella como un ermitaño. La matriarca, aficionada por el pasado glorioso que tenía su casa, ve a sus hijos como se todavía fueran niños pequeños.

Ana habla con Fernando en la cueva.

Ana percibe que cada hermano quiere algo de ella para completar sus fantasías. Contrariando las expectativas del público, Ana no tiene miedo. Para descubrir que quiere cada uno, ella se acerca de ellos, instigando sus comportamientos más instintivos, pero construyendo también su propio destino.

Un día, las niñas encuentran su muñeca enterada en la lama, amarrada y con el pelo cortado. Ana se pone rabiosa y exige que José le diga quién ha hecho aquello. José le dije que fue obra de Fernando, pero le asegura que el hermano es inofensivo. Es el momento de la película en que Ana pierde su seguridad y se puede ver que tiene miedo, no por si, pero por las niñas.

En Ana, José busca una sirviente, y Juan, una amante. Los deseos de Fernando, sin embargo, se tardan más a revelar. Ana va a su cueva, aparentemente fascinada por su abnegación de los lujos materiales y su busca por santidad. Pero al final de una noche, descubre o que quiere Fernando: cortarle el pelo.

Ana si siente muy segura, a veces riéndose de lo que hacen los hermanos, y empieza a jugar con ellos. Pero al final, ellos se cansan de los juegos  y demuestran que son verdaderamente lobos.  La escena del ataque a Ana es muy fuerte, pues descarga toda la tensión acumulada a lo largo de la proyección. Los tres hermanos atacan juntos, realizando cada uno su fantasía. Ana se queda como la muñeca: sucia, con el pelo cortado y sin vida. Su rostro, paralizado por la muerte, se queda parecido con un rostro de plástico. Al final, era ella el juguete con que se divertían los lobos.

Ana con José. Ella provoca a los hermanos, sin desconfiar do que le puede pasar.
Carlos Saura equilibra os elementos de el guión y del encuadre de forma a generar al espectador la sensación de estar asistiendo a una obra surrealista. Particularmente en dos escenas: en una, se ve las niñas jugando, la matriarca siendo cargada de un lado a otro, sin rumo, por sus empleadas, en cuanto José, vestido en uniforme militar, monta en su caballo y Juan hace cosquillas en Ana, que se ríe escandalosamente. La cámara empieza la escena con encuadre en la matriarca, y termina en un gran plano general aéreo por sobre la casa. En otra, están Fernando y Ana en la cueva. Fernando explica a Ana lo que es necesario para alcanzar la santidad y la paz. En el auge de su fervor, el empieza a levitar.

El director provoca la sensación de extrañamiento en el público con las situaciones raras que presenta. El fato de que Ana no tiene miedo de lo que le puede pasar construye en el espectador la idea de que los hermanos son de facto más ridículos do que peligrosos, idea esta que es destruida en la escena final. La película provoca en el espectador muchas emociones distintas, que cambian del extrañamiento a la seguridad, del rechazo al miedo. No ha como sentir simpatía por ningún de los personajes, porque hasta mismo la seguridad de Ana viene de un sentimiento de superioridad sobre la gente de la casa, así su arrogancia é rechazada como son los defectos de los demás. Con esto, Carlos Saura nos acuerda de que la humanidad es llena de defectos e actitudes raras, y nadie es completamente bueno o inocente.

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